La importancia de Jugar
Cuando nos permitimos jugar surge el símbolo
Crear jugando con los materiales artísticos abre la posibilidad de que emerjan símbolos de nuestro mundo interno.
Hacer potingues.
Probar esto o aquello sin buscar lo bello como único objetivo.Crear por crear.
Hacer muchas obras que quizá solo sean soportes de experimentación.
Crear con asiduidad, con lo que tengamos a mano.Llevar un diario de artista.
Repetir una y otra vez aquello que insiste en nosotros, recordando que somos biología, mente, emoción y espiritualidad, y que estamos en constante relación con el entorno: familia, barrio, cultura, medioambiente, etc.
Y no se trata solo de que aparezcan imágenes.
En el propio movimiento expresivo, los sentidos despiertan y las emociones encuentran su camino. Diferentes partes de nuestro cerebro se activan y, por un momento, nos alejamos del ruido cotidiano y de la rumiación.
Entonces, ¿para qué el símbolo?
Actualmente me atrae la explicación que Jung da a los símbolos como expresiones de nuestro mundo inconsciente, donde se entrelazan lo personal y lo colectivo. No dan una explicación, sino que revelan algo que todavía no está del todo consciente.
Un símbolo no tiene un significado fijo, ni inmediato. Tiene una cualidad viva, abierta y en transformación, que se despliega en la relación con quien lo crea y lo observa.
Al materializarlos, facilitamos la comprensión de nuestros estados emocionales. Nos ayudan a transitar momentos vitales no solo desde lo cognitivo: en el acto de crear y contemplar, algo se revela… y algo se transforma.
En un proceso de Arteterapia, este camino se recorre acompañado por una persona formada para sostener lo que aparece y favorecer el darse cuenta. Desde el respeto a tus tiempos, el cuidado del espacio confidencial y la atención no solo a la obra, sino al proceso mismo de crear.
Un pequeño truco para dejar que el símbolo aparezca
No se trata de buscar una imagen, a veces jugar sin intención de, facilita que aparezca y se muestre. Porque ya existe dentro de nosotras/os.
A continuación te hago una propuesta para favorecer que esto ocurra:
1. Jugar
Empieza jugando con los materiales, como cuando éramos pequeñas/os.
Hacer potingues. Mezclar, manchar, pegar, probar.
Sin pensar demasiado, sin buscar un resultado. Solo dejándote llevar por la experiencia sensorial: el tacto, el olor, los colores, incluso el gusto a veces.
No es solo algo visual ni cognitivo, es una experiencia corporal.
En esta obra jugué con acuarelas, agua y plantas (menta poleo)
Olía muy rico y me hizo sentir relajada.
Puse un bote en medio para que quedara un círculo central
Cuando trabajo con mucha agua pego el papel a la mesa con cinta de pintor, ya que se ondula con la humedad.
2. Dar espacio
Después de jugar, deja la obra.
Aléjate un tiempo. No la mires, no la trabajes, no intentes entenderla.
Dar espacio también forma parte del proceso.
Seguir jugando
Dejé secar y cuando esto pasa los colores y las formas cambian
Quité las plantas y sequé el resto.
3. Volver a mirar
Cuando vuelvas, mírala de nuevo.
Para ver las cosas con más perspectiva, necesitamos tiempo y espacio. En el reencuentro, las formas empiezan a revelarse, dando lugar a imágenes o sensaciones que antes no estaban.
Formas resultantes
Se revelan manchas que no he buscado de forma consciente, con lo que se amplía el campo de exploración.
4. Dejar que algo aparezca
A partir de ahí, puedes empezar a intervenir de nuevo.
Rescatar una forma, seguir una línea, acentuar una imagen que se insinúa…
No se trata de imponer lo que te gustaría, sino de acompañar lo que ya está emergiendo.
Puedes volver a jugar, parar, mirar tantas veces como necesites.
Poco a poco, la imagen se va revelando.
5. Sin juzgar
Permite que salga lo que está surgiendo, sin intentar que sea otra cosa.
A veces no es “bonito”, ni claro, ni comprensible al principio.
Y está bien así.
El símbolo no se fuerza: aparece cuando encuentra espacio.